Y continua pareciéndome genial tu puntería literaria, muerdes cualquier cantidad de desechos amados, letras como pupilas vigilando el calendario, atroces escorpiones en la cima de mi corazón. Aún me pregunto si conservas intacta mi sonrisa; le pones derecho de autor a todas tus fechorías; no hay amores ni pecados que te merezcan encoger los hombros. Soy el número 80 diría José Cruz en aquel disco de principios de los 90. El teléfono suena mientras leo tu vida en internet. Más tarde... por la noche, te recordaré otra vez mientras veo una película que compré en el metro, de esas de amor eterno, y tu estarás como siempre, con cualquiera menos pendejo que yo.